viernes, 21 de julio de 2017

"El muchacho", de Ai

Mi hermana pasa la cara de la muñeca por el barro
y después se trepa por la ventana del camión.
Me ignora mientras camino alrededor
golpeando los neumáticos desinflados con un fierro.
El viejo me grita que me entre
pero sigo caminando alrededor del camión, golpeando más fuerte
hasta que llama mi madre.
Tomo una roca y la arrojo por la ventana de la cocina
pero se queda corta.
la voz del viejo hace rebotar el aire como una pelota
no puedo pasar mi pierna por arriba.

Me paro a su lado, esperando, pero no levanta la mirada
y aprieto el fierro, lo levanto, el cráneo se le parte.
Mi madre corre hacia nosotros, me quedo quieto,
le doy por la espalda mientras se inclina sobre él.
Arrojo el fierro y tomo el rifle de la casa.
Las rosas son rojas, las violetas azules
una bala para el caballo negro, dos para el castaño.
Caen rápido. Escupo, mi lengua ensangrentada,
he mordido esto. Me río, me acuerdo de la que anda afuera.
La atrapo bajándose del camión, disparo.
La muñeca aterriza en la tierra con ella.
La recojo y la mezo entre mis brazos.
Sí. Soy Jack, hijo de Hogarth.
Soy ágil. Soy rápido.
En la casa, me pongo el mejor traje del viejo
y sus zapatos de charol.
Empaco el camisón de mi madre
y la muñeca de mi hermana en la maleta.
De ahí salgo y cruzo los campos hasta la carretera.
Tengo catorce. Soy un viento desde ninguna parte.
Yo puedo romperte el corazón.

"Insomnio I", de Howard Nemerov

Algunas noches está destinado a ser la mejor forma de huir,
cuando la pesadilla es el extremo más corto de la pajita,
cuando el sueño es un lugar del pueblo donde no es seguro
caminar de noche, cuando levantarse es la única manera
que tienes de poner distancia con tus muertos desdichados,
un lote creciente, y escapar de su tiempo hacia el tuyo
por otro rato siquiera.


Entonces pasa como un fantasma, un planeta en la casa
nunca visto, entre las habitaciones
donde los niños se sueñan a sí mismos, y desde las cuales baja
al dominio vacío donde la luz del día reina;
recompénsate con un trago y un libro que leer,
un misterio, por su evasivo don
de reafirmación contra la hora de morir.
Ordénale a tu corazón: ¡deja de hacer eso!
y haz secular de nuevo al mundo.


Entonces, cuando sepas quién lo hizo, apaga la luz
y quedamente en lo oscuro, en el claro de luna o de la nieve
reflejando, escucha a la tierra silbar
en su trayectoria con efecto alrededor del sol
que a veces hace retrógrados a los planetas
y nos trae el frío olvido del amanecer
cuya luz extingue todas las luces, salvo una.


"Las víctimas", de Sharon Olds

Estuvimos felices cuando mamá se divorció de ti. Lo aguantó y
aguantó en silencio, todos esos años y entonces
te pateó, de repente y a sus hijos
les encantó. Entonces te despidieron, y nosotros
sonreímos por dentro, como sonreía la gente
cuando por última vez el helicóptero
de Nixon despegó del patio Sur. Nos hizo cosquillas
la idea de que te quitaran tu oficina,
te quitaran tus secretarias,
tus almuerzos de triple whisky doble,
tus lápices, tus resmas de papel. ¿Te llevarías también
tus trajes contigo, esas oscuras
calaveras en tu closet y las negras
puntas de tus zapatos con sus grandes poros?
Ella nos enseñó a soportarlo, a odiarte y soportarlo
hasta que nos erizamos con ella porque te
aniquilaras, padre. Ahora
dejo atrás a los vagos en los portales, las blancas
babosas de sus cuerpos destellando a través de rendijas en sus
trajes de cieno prensado, las manchadas
aletas de sus manos, el subacuático
fuego de sus ojos, barcos hundidos con las
linternas prendidas, y me pregunto quién lo tomó y
lo tomó de ellos en silencio hasta que lo
dieron todo y les quedó nada
más que esto.