miércoles, 24 de marzo de 2010

"Creyendo en el hierro", Yusef Komunyakaa

Las colinas que mis hermanos y yo creamos
nunca se equilibraron, y tomó años
descubrir cómo funcionaba el mundo.
Podemos mirar hacia un árbol de mirlos
y decirte cuántos hay allí,
pero con el tratante de chatarra
nuestra matemática siempre fallaba.
Semanas de levantar y resoplar
nunca agregaron mucho,
pero no podíamos dejar
de creer en el hierro.
Camiones y autos abandonados
eran retenidos contra la tierra
por gruesos, nostálgicos dedos de trepadora
fuertes como una docena de aparceros.
Habíamos regresado con nuestra carretilla
gimiendo bajo una nueva carga,
aún así los lirios tigre vivían mejor
en su lánguido dominio de agosto.
Entre papeles y botellas de coca cola
humos de fundición borraron atardeceres
y no pudimos creer que el hierro
dejara a los hombres doblarse tan cerca de la tierra
como si el mineral bajo su aliento
tirara hacia abajo el cielo gris.
A veces soñé cómo nuestras colinas
fueron arrastradas hacia un mar de metal,
como todo se convirtió en un ancla
para un barco de guerra o un bombardero
a lo largo de árboles floreciendo
demasiado rojos para mirar.

domingo, 14 de febrero de 2010

Mark Strand, "Hombre y camello"

En la víspera de mi cumpleaños número cuarenta
me senté en el antejardín con un cigarro
cuando de la nada un hombre y un camello
aparecieron. No hicieron ni un ruido
al principio, pero a medida que se perdían
por la calle y fuera del pueblo empezaron a cantar.
Lo que cantaron sigue siendo un misterio para mí–
las voces eran indistinguibles y la tonada
muy ornamentada para recordar. Se adentraron
en el desierto y mientras iban, sus voces
se elevaron como una sobre el rugiente sonido
de la arena arrojada por el viento. La maravilla de su canto,
su elusiva mezcla de hombre y camello parecían
la imagen ideal para toda pareja dispareja.
¿Acaso era esta la noche que había esperado
tanto tiempo? Quería creer que sí,
pero justo a punto de desaparecer, el hombre
y el camello dejaron de cantar y galoparon
de vuelta al pueblo. Se detuvieron en mi antejardín,
mirándome con ojos endurecidos y dijeron:
"Lo arruinaste. Lo arruinaste para siempre."

"Miedo", de Ciaran Carson

Le tengo miedo a las vastas dimensiones de la eternidad.
Le tengo miedo al espacio entre el tren y el andén.
Tengo miedo al comienzo de una campaña sangrienta.
Le tengo miedo a las palpitaciones por exceso de té.

Le tengo miedo a la pistola dibujada del asaltante.
Tengo miedo de que los libros no sobrevivan a la lluvia ácida.
Le tengo miedo al Jabberwock, sea lo que sea.

Le tengo miedo a las malas decisiones de un árbitro.
Tengo miedo de que el único recurso sea alegar demencia.
Tengo miedo de lo que impliquen los honorarios de un abogado.

Tengo miedo a los duendes que colonizan mi cerebro.
Tengo miedo de leer la letra chica de la garantía.
¿Y a qué más le tengo miedo? Deja que empiece otra vez.