miércoles 14 de octubre de 2009


Algunas preguntas sin respuesta: Gloria Dünkler, Fuchse von Llafenko

(Notas y selección de poemas)

Asumiendo que no le haré justicia, por de pronto es planteable que -y aunque no sólo de eso- la poesía de Gloria Dünkler (Pucón, 1977) habla de la memoria y sus actos yuxtapuestos o concomitantes. En su caso, esta memoria no obedece sino parcialmente a la reconstrucción razonada de un proceso purgativo (gracias, Guido Arroyo) de cara a los traumáticos de la historia reciente. En su caso, dicho trauma no arranca de 1973, sino de 1939, 33, 19 o más atrás, y remite a la tortuosa construcción de identidad, entre soberbia y valerosa, de los descendientes de germanos en Chile. Animales extraños en un zoo monocorde, autoritario y mestizo, los alemanes allegados a estos lares encontraron de todo su gusto dos de estos tres rasgos; cuáles, esa oscilación atraviesa sus relatos y este libro.

La aproximación de Gloria aborda con decisión un pasado que no le pertenece en su totalidad, con el cual mantiene las distinciones ideológicas propias de una personalidad propia y que por tanto, debe forzar en su relación identitaria con los ancestros, casi hasta la caricatura y huyendo de la misma. En ese sentido, Fuchse realiza un planteamiento formal que apela directamente al extrañamiento, en la especie de la evocación al imaginario de lo alemán inscrito en nuestros cerebros, al temor y la admiración y el resentimiento que provocan, al insertar trozos del idioma en lo esencial perdido de sus descendientes, hablado ahora por otros allá en la Bundesrepublik erigida sobre los restos del Reich.

Fuchse von Llafenko (Los puños de la paloma, Santa Fe, 2008) remite desde el nombre a la precisión de la estructura dual conformada por zorros y lugar de arribo, rematada en tríada por obra del verso en español que supone este poemario, hermosamente contaminado de colores que suenan a barbarismo, a bosques y a emboscados. De hecho, esos Fuchse parecen corresponder a la transformación de los Wolfe recién llegados, a fin de adaptarse a los salvajes –para ellos- espacios marcados por la presencia previa del mapuche, con el cual se relacionan de maneras que suponen una atracción coartada por una cultura arrogante como un recién llegado. Resulta notable que el lugar imaginado, Llafenko, se escribe de igual forma en los dos idiomas en los que no está escrito este libro y que siempre están presentes en él. En cambio y a cambio, el español paga su imposición dejándose subvertir, al punto de impedir la construcción de un lugar normalizado en que la grafía cacofónica para el oído latino haya sido suprimida. De paso, Gloria logra la ductilidad de quien entra y sale de casa para buscar materiales donde le venga en gana. Por obra y tal vez magia del lenguaje, los poemas aquí reunidos pueden abarcar desde una coherencia y hasta una simpleza formales los tonos que sean necesarios en su cuidadoso trabajo de dilucidación. Y éste no es otro que un enfrentamiento directo con las raíces de un árbol injertado en otro, que ha dado frutos tan tóxicos como fecundos: Allí respiran criaturas, se aman/ lo deforme y lo bello.

Estos poemas no son un alivio a la carga del pasado, la cancelación de las implicancias de una biografía familiar o la apología de cosa ninguna. Son notas para una epopeya imposible y por ello resignada, pero no silenciosa. Habla de nazismo y del monstruoso sueño que encarnó, de la atroz decepción, de ambos estadios bordeados por la presencia aplastada y atrayente de los primeros residentes en el lugar tomado, residentes temidos como a espectros, pero tal vez más corpóreos que los soñadores que trajeron el apellido de Gloria desde tan lejos -también de ella misma- en el tiempo, en el espacio y en el enfrentamiento a la vida. Detalla los parajes roturados y arrancados de cualquier inocencia, de la nostalgia de esa irresponsabilidad entusiasta, cruelmente salvaje y abnegada; todo al mismo tiempo. Plantea resistir en la tierra de nadie entre la condena y la exención de culpa, tomando la belleza de lo reconstruido en la memoria como el supuesto rescatable de su ilustración mediante la palabra.

Este libro merecía una edición mejor, lo que resulta compensado por lo casi inaccesible de la misma -yo mismo trabajo ahora sobre un ejemplar prestado- y especialmente por la necesidad de que alguien reedite este libro, libre de las tremendas erratas que presenta por ahora. Pero Gloria Dünkler ha escrito uno de los mejores poemarios que yo haya leído este año y es una de las mejores poetas que tengo el gusto de conocer: exenta de cualquier traba moralista, eficaz en la presentación directa y bellamente estructurada de un relato doloroso, hasta vergonzoso pero redimido en la observación lacerada de su continua lucha consigo mismo. Canta un pasado abyecto y bello. Esta duda es la que Gloria no puede responder, pero pregunta. Y sin torpeza; más bien todo lo contrario.

* * *


Poemas de Fuchse von Llafenko


No fuimos descendientes de reyes ni licenciados
y mi abuelo recogía la nieve
amontonada en las calles de Hamburgo.
Lo único que trajimos fue el coraje, el buche,
y los sueños en las maletas.
Aferrados al mástil del buque,
taconeado de niños enfermos,
de vivir con la peste y el hambre,
de mujeres que parían en la cubierta,
y otros que dormitaban en los pasillos,
o de a tres, en los camarotes.
La maldición de errar por los mares había terminado.

*

Aquí nadie se conoce
ni sabe uno si la familia del vecino no vale un centavo.
Aquí podemos inventarnos una sangre,
un escudo, una leyenda, una muerte gloriosa,
podemos ser, si se nos place,
una estirpe ungida por el rayo.

*

Mi amigo Karl era fuerte, macizo, soberbio,
pero yo veía sangre y me desmayaba.
El ruido de las Winchester en las cacerías de patos
me hacían orinar en los calzoncillos.
Si jugábamos a los pistoleros
terminaba convirtiéndome en el traidor
que se unía a los comanches.
Me encantaban sus juguetes de milicia
sus águilas, sus banderines,
improvisar batallas en la arena,
campos de tortura en la jungla,
aviones bombardeando ciudades enemigas.
A veces, también me fastidiaba todo aquello,
y prefería cazar perdices con mi honda
o juntar digüeñes.

*

Galopan tus piernas sobre el coligüe,
el hocico de tu bestia es un trapito
y tu cabello al aire son las crines.
La adolescencia te pilló brincando en los montes
y silvestre bajo la luna maduraste.
Descalza, carita sucia,
hiedra que monta los barrancos,
hija del gran cacique aún no entiendes de modales.
A cruzar los espinos que se doblan en las cercas,
a burlar a los adultos que te impiden el paso,
con tus sueños prendidos a las riendas,
invítame a jugar contigo.

*

Tuve compañeros que soñaban con ser Agentes del SS,
o enfermeras de campaña.
Karl poseía una colección de submarinos
que eran la envidia de la escuela,
y hasta los cholitos de las reducciones
morían por jugar con nosotros.
Tras oír las lecciones sobre historia de las razas,
lo dibujábamos
pronunciando su discurso en los balcones,
o condecorando a niños valientes
y a madres esforzadas.
“Ustedes algún día también serán
el orgullo de sus padres”
–nos repetía ese profesor emocionado–
y era nuestro objetivo a lograr,
pero mis notas fueron las peores ese año.

*

STRUDEL

Las manos blancas sujetan el bol,
la cabeza da vueltas en Hamburgo,
y prima Elisa hundida en la angustia ya no sabe.
Sus rabietas cortaron la leche,
extraña la biblioteca y el teatro, el café de los jueves,
y aunque bata las claras
en el fondo de la espuma no encuentra solución.
Sin dinero, arrepentida, ¿dónde escapar?
Ya no aguanta esta vida del carajo.
Mañana partirá a la ciudad.

*

WARMES BLUT

La india observa al colono que siembra la huerta
y el baile de los músculos empujando la yunta
la estremecen de sol a sombra.
Para calmar tanta sed,
revienta las frutillas en sus labios azulinos,
siempre con la cabeza sumida en el tablón.
Apretados a su cadera
se van los pensamientos de ambos:
ella se aleja en dirección al río batiendo su canasta,
yo me pierdo tras una loma punzando la tierra,
saboreando la catástrofe racial de una aventura,
soñándola.
(a Karl no le gustaban mis bromas)

*

UNREIN

No despiertes estos demonios
que respiran bajo mi sangre,
desaparecidos guerreros que acuñaron pasión y muerte,
no te burles, no pronuncies los viejos juramentos,
el beso que muerde,
las plegarias de mis ancestros por las noches,
antes de amarse.
No los obligues, no me sometas, no te ensañes.
No me vendes los ojos, no descanses en mi selva
y te permitas nadar en mis ríos pedregosos,
–no lo intentes–.
No me empujes al abismo
de escribir un mal poema esta noche.

*

DÜNKLER

Bajo la luna de los emigrantes
en las sombras brilla un secreto.
Allí respiran criaturas, se aman,
lo deforme y lo bello.

*

Un cobarde para mi nación
un remiso al decir de mi abuela
un inútil para mis amigos.
Fui débil
como un anciano agonizando
en la cama de un hospital,
y asustadizo
como un muchachito en su primer día de escuela,
un Verifaultes Fleisch.
¿Cuántos otros morirían en mi nombre?
Bien lo sabía, pero más valió un plato de lentejas,
y un camastro bajo la nube menguante.
Entonces el corazón me saltó por la boca
y se hundió en la traición
cuando, frente a todos,
alguna vez dije NO a las Juventudes NS.
Nuestros caminos se abrieron dolorosamente.

*

CUENTA REGRESIVA

Adoradores de la belleza, adictos al amor de los efebos,
locos por una corona de barro, en la tribu más imbécil lo
he visto. Sedientos han existido por siempre, en el delirio
de encabezar un imperio y gobernar más allá de la carne.
Reyes y caciques inmortalizados en la vieja piedra. ¿De
qué me acusan entonces?

*

BERÜHREN SIE DEN VOGEL MARIA FÜR MICH

SS en el cuello de mi gabán. Es un rayo incestuoso
penetrando banderas enemigas, una serpiente que se
menea por las dunas, mi cadena de plata aferrada al
cuello, tu vestido ondeando frente al mar, o quizá el rincón
de tu pierna que devoraría a mordiscos.
SS ¿qué es para mí, ahora que he bajado la guardia?,
sino tus pezones duros en las noches de Llafenko y mi
boca entrando en ellos, un enjambre, perdigones de mi
fusil a tu inocencia. Una marca en el cuello de mi gabán,
esta noche, no me salvará de la esperma que haré
explotar sobre tu foto.

*

En Llafenko jamás nos prometimos riquezas más que
labrar los huertos y amaneceres con tinajas vacías.
Éramos libres, aprendimos a dar la cara, y en la kermesse
brindamos por lo nuestro, amándonos contra indios y
alemanes, –me volví contra mi propia sangre– criando
desertores de la patria, tarados mentales, mestizos
deformes, al decir de mis vecinos en esta esquina del
planeta. Mas tarde comprenderían que yo solo buscaba
fundir aquellos destinos.

*

No hubo aquí cerveceras ni cooperativas agrícolas,
latifundios, ni patrones crueles que azotaban a los
indios, o los colgaban de los pies; ni les hicimos firmar
algún papel dudoso, ni licores a cambio de tierras. Yo
me quebré la espalda en una carrera, Karl no se fugó
de las bombas aliadas, y una noche, el viento incendió
las ganancias, el taller, las herramientas. Mis parientes
se marcharon a las ciudades, se emplearon en tiendas,
museos y clubes, obraron en villas y escuelas privadas.
Mi hermano ejerció de taxista, Roberto se estragó en la
bebida, mi madre enloqueció por una estafa. Hasta el
reverendo se fue, tentado por una nueva parroquia. Mi
padre abrió el estuche y guardó su acordeón.

*

A veces me peguntaba si, quizá, mi amigo tenía razón
en abrazar con locura su causa patriota y era mejor
encontrar la muerte con un poco de dignidad. Jamás
en los asilos, orinado como un niño, tragando la papilla,
esperando a la enfermera que me cambie el pañal. Ayer,
hoy o mañana daba lo mismo, pues siempre vendría
otra guerra y aquello nunca pararía, como bien los
señalaban las historias épicas. Esto era como una fiesta:
solo cambiarían las canciones de moda, los cortejos a la
bella y los pasos de los nuevos bailarines. A veces me
preguntaba que habría sido lo correcto: si quedarme en
estas tierras o partir. Ahora sé que moriré con la duda.


* * *

domingo 27 de septiembre de 2009





A propósito de 2010, revista literaria.


Canterò nel suo grembo?

P. P. P.


I've been dreaming of a time
when (…) to be standing by the flag
is not feeling shameful, racist or partial.

M.




FUTURO ESPLENDOR



DIOS

LA REVOLUCIÓN

LA POESÍA




NO PODRÁN SER DESTRUIDOS

PREVALECERÁN


colofón de la revista 2010


1


El ejercicio de una crítica -de cualquier crítica- supone la capacidad de enfrentarse a un hecho determinado del mundo (artístico, político, el que sea) con la libertad de irritar a los involucrados, con lo que podría definirse como cierta impunidad. Es por tanto inherentemente un asunto peligroso: salirse con la de uno intoxica, en especial al aspirante a crítico. ¿Sabemos? que los críticos son de segunda selección, que no perdonarán a los que se queman en el fuego creador. Quien suscribe cree que todo eso tiende a ser pura basura; pero admite sí que el crítico ejerce un grado de poder -por último el emanado de la función disuasiva de la agresividad desplegada- que podría a su vez subírsele a la cabeza, con resultados más bien tristes. Pero uno de los ámbitos en que la crítica es deseable es aquél en que pone sobre la mesa ciertos puntos, para que desde la intrínseca limitación de su exposición alguien decida, a su vez, darle una vuelta al asunto y plantearlo de nuevo, incluso crear con ideas más claras; no las del crítico sino las suyas propias.


El rodeo anterior prepara a su vez una advertencia previa: no es la leche amarga el combustible de lo que viene. La observación que sigue no se basa en la inquina hacia los que mencionará como protagonistas y sobre los cuales pretende cargar la mano. Obedece o quisiera obedecer al error subyacente en sus concepciones, por supuesto en cuanto no se ajusta a lo que este comentarista considera como aceptable en su cartilla de planteamientos válidos. Me refiero a la cuestionable proposición político-estética de la revista literaria 2010 (Ediciones Corriente Alterna, La Serena, 2008), que gatilló en mí una preocupación sin duda exagerada pero al menos enunciable. Y de eso tratan estas líneas.


2


Pase, por ahora, la crítica a los materiales reunidos, al menos en lo que sean discernibles de la línea editorial, demasiado interesante para no detenerse y mirar de cerca el discurso y el tremendo esfuerzo que Cristián Arregui y Natalia Figueroa, los editores, volcaron en esta revista. 2010 debiera suponer un hito importante en nuestra pobre discusión literaria, no importando su repercusión y aunque, tal vez, haya quien quiera olvidar haber participado en ella. De hecho, invito a leerla. Pero en la medida en que resulta predecible que en 10 ó 20 años los jóvenes nacionalistas -que inevitablemente ya están aquí, estudiando artes y literatura, gústenos o no, mirarán hacia esta revista como un primer signo de esperanza, me parece que más vale ponerse el parche ahora y ensayar alguna suerte de antídoto.


La provocación gráfica es lo primero que resalta en 2010 -iba a decir “previo a la lectura” pero siendo obvio que en realidad es más bien una lectura previa, mediante una aprehensión inmediata y basada en nuestros preconceptos, un asalto directo a nuestro disco duro. Véase el cañón de rifle deviniendo el 1 de 2010, evocando la vieja idea de la fundamentación primera de la patria en las armas. En su interior, desfilan tanques, milicianos, fortalezas volantes. También los edificios derruidos, supongo que después de la visita de las fortalezas volantes; las filas de ejecutados. Me pregunto si será un desliz subconsciente de Arregui y Figueroa el que hayan puesto en su mayoría ilustraciones de la segunda guerra mundial, aunque me inclino por la negativa, al darme cuenta que se trata sobre todo de imágenes de los aliados occidentales o soviéticos. Por el contrario y según expondré más adelante, me parece que se dan cabal cuenta de lo que hacen. Ninguna exclusión o inclusión en 2010 es casual; la coherencia, eso sí, es harina de otro costal.


Resulta imposible aquí dar cuenta de todos fragmentos interesantes en los cuales los editores de 2010 enuncian su credo (veáse el colofón de la revista, alucinante). Algunas muestras:


Pero aún podemos recordar que la escritura y el imaginario trabajan las bases de una comunidad de una forma que los convencionales discursos sociales y políticos desconocen (p. 3).


Gris es la teoría, pero verde es el árbol de la vida. Otro botón, bajo firma de Natalia Figueroa:


Si bien últimamente se ha querido instalar una caricatura de nacionalidad mediática hasta el más insospechado rincón de lo representativo, no se ha logrado, con todo, disimular el vacío de ese tópico que llamamos “Bicentenario”, desprovisto de todo cuestionamiento sobre lo que todavía no llegamos a ser: una sociedad con voluntad, una nación con una palabra común humana y elemental superior a ideales políticos y económicos. Todo esto pareciera cargar la impronta de lo extemporáneo en un país donde incluso los grupos intelectuales marcados progresivamente por cierta incomodidad ante toda creencia, clausuran y aíslan sus reflexiones, de acuerdo a pretendidas posesiones que han tendido a hundir la fuerza política renovadora y social de una palabra creadora que tan presente estuvo en el primer Centenario de Chile. (p. 25).


(El énfasis es mío). Pero si se trata de la claridad de la exposición, la altivez del tono y la fiera arremetida limpiadora, el que descuella es el texto de Cristián Arregui, La hegemonía del decir, que a mí me parece nuclear en 2010. Habría que concederle a C.A. cierto coraje personal, en la especie de la lealtad a sí mismo en la expresión abierta de


una postura valórica, religiosa, política o estética que esté en contra de un discurso común con pretensión de único, cómodo para el capitalismo agotado de nuestra era, relativista en sus valores, posmodernista en su nihilismo (p. 88)


aunque resulte irónico que se plantee así mismo como contrario un discurso común con pretensión de único, ofreciendo el sustituto de un discurso comunitarista que cohesione discursos tan únicos que no pueden ser cohesionados sino por arte de birlibirloque. Ya hablaré de eso. En todo caso, ese discurso repudiado por Arregui no es otro que ése que yace


muy a flor de piel en la retórica de una izquierda cultural, renovada y light, y convenientemente disimulado en el corazón mismo de una derecha económica celosa en su pragmatismo en pos de sus privilegios de clase. Discurso único, globalizante, supuesto defensor de los derechos de todos sus ciudadanos, orgulloso de autodenominarse “liberal y democrático”, aún cuando, frente a cualquier opción que venga a contradecir sus presupuestos más profundos, se muestra de una intolerancia feroz (p. 88).


Hay más de donde salió eso, eh. Como sea, me parece que Arregui, quien al igual que Figueroa resiente mucho la caricaturización del nacionalismo que los moviliza, debiera conceder que un constructo como el citado no se caracteriza precisamente ni por su rigor teórico ni por su rendimiento a la hora de dar cuenta de nada. Es derechamente un esputo medio rabioso, medio razonado en contra ¿del objeto? (¿uno solo?) de su aversión. Incurre en el vicio, propio de un pensamiento paranoide, de identificar como idénticos entre sí a los que no son idénticos a mí, para acto seguido dar el paso de identificar a los opuestos a esos no-idénticos como mis iguales. La denuncia de los males de nuestro siglo: el democratismo, el liberalismo, el nihilismo, todos repugnantes cascarones vacíos, carcasas que son nada frente al sentimiento puro, la vida intocada, las verdaderas fuerzas vivas de la nación; todo eso es, contra lo que quiera pensar Arregui, un lugar común tanto o más rancio que el liberalismo y su intrínseca podre. Es más: todo el artículo de Arregui no hace más que repetir los tópicos del quejismo imperante, siendo la única novedad que proporciona el ofrecer una vieja solución distinta a otras igualmente viejas. Y con ello, Arregui olvida que su propuesta ya ha sido ensayada con resultados catastróficos, tanto que uno de los pilares del consenso turbio que denuncia es precisamente que no se le dará una segunda oportunidad. Con toda su hipocresía, su inherente debilidad estructural, su autopermitido y exagerado margen de error, sus continuos fracasos a la hora de librar a los seres humanos del dolor y la miseria, el mediocre marco de referencias que conocemos como democracia liberal republicana sigue siendo mejor que la concentración de poder en la nación para los fines que ésta señale, con o sin acuerdo de sus miembros. Recuerdo a un viejo comunista anónimo que decía que la única diferencia entre el régimen de Pinochet y lo que vino después era que ya no habría muertos flotando en el río. Llámenme ingenuo, pero a mí me parece una tremenda diferencia. Y cito de memoria a otro viejo comunista, Hobsbawm, en cuanto que la guerra que hubo que librar contra los adalides del nacionalismo era una que había librar y ganar.


Y hay mucho más de donde vino eso. Pero no sé si vale la pena continuar trozando el artículo de Arregui. No confío en mi buena fe para no irritarme en exceso por su despliegue de resentimiento, por la deshonestidad intelectual que supone alegar la intolerancia de la que son objeto sus creencias -traducida en el Fondo del Libro que financió 2010, entre otros salvajes mecanismos de represión- o la igualdad del totalitarismo democrático con el nazi y el comunista, otra burrada de moda de la que Arregui se hace valientemente eco. Al respecto, me permito recordar de nuevo a Hobsbawm (es que he leído muy poco en la vida y mis referencias son pobres), llamando la atención entre la condición de hermanos separados de las ideologías liberales y socialistas, como hijos de la Revolución Francesa que son. No quiero seguir en esto, así que pasaré a otra cosa. En todo caso, lean a Arregui. Es sumamente instructivo.


3


Lo realmente interesante de 2010 para mí no es la posibilidad amenazante de la reestructuración conservadora válida. Es sólo cuestión de tiempo. Ello, a pesar del mucho esfuerzo invertido en arrinconar cualquier atisbo -reaccionario o no- de planteamiento literario no identificado con la transformación social del orden capitalista, como fin último de lo literario. Dicho esfuerzo fue exitoso en deslegitimar el conservadurismo autoritario que alimentó a la dictadura militar. Enhorabuena. La difuminación de ese esfuerzo pasó porque el conglomerado de planteamientos críticos que desde el marxismo hasta el queer resistieron al régimen militar pudieron expandirse -después de la jubilación anticipada del reyezuelo- fuera de sus trincheras, para ampararse ahora en la academia, claro está que financiados tanto por el estado como por privados, todos en busca de (re)legitimación cultural. Dicho modelo lleva veinte o más años de rendimientos decrecientes, pero ha llegado el punto en que sus insuficiencias resultan notables.


Por de pronto, carece de una verdadera capacidad de dar cuenta de una serie de matices que sólo puede descartar mediante descalificaciones, ojalá de fascista, reaccionario, etc., haciendo curioso eco de la reticencia (conservadora, por lo demás) a negarse a la argumentación, en base a supuestos indiscutidos. En esto uno podría coincidir con Arregui y Figueroa. La capacidad de displicencia, arrogancia y condescendencia que pueden desplegar ciertos izquierdistas supuestamente radicalizados -de paso, ampliamente representados en 2010- y de cualquier calibre, en especial de poco, al momento de valorar ciertas obras no redondamente comprometidas, no contribuye en nada a la densificación de la crítica chilena y a un intento de dar cuenta fidedigna de las coordenadas de un momento literario dado. Al menos esos reaccionarios debieran ser objeto del viejo y honesto método de emitir juicio respecto a su obra con posterioridad a su examen y no antes. Después, me parece, nadie está en contra de arrojarlos a un pozo si resultan ser una buena mierda.


Ahora bien, conociendo a la policía política que he descrito antes, uno hubiera predicho que 2010 sería arrojada a dicha Siberia. No lo fue y eso es de por sí muy interesante.


Porque -y en atención a lo expuesto- me parece meridianamente claro que 2010 se trata de un intento, a ratos brillante o sólo inteligente de relanzar un pensamiento nacionalista-reconciliatorio que permita superar la quiebra en nuestras cabezas del deslavado concepto de Patria, bajo la especie del hermanamiento de los contrarios cien años atrás (vgr. Recabarren y Palacios juntos como hermanos por la redención de la raza, entre otras sutilezas). El descampado, su viento frío y la falta de tribu los angustia, como a todos los que añoran la comunidad perdida. Aquí es donde aflora de nuevo la astucia de Arregui y Figueroa.


Porque saben que del otro lado, los mismos inquisidores de la academia en nombre del pueblo, añoran también todo eso. Y su intuición es sólo parcialmente errada (pero errada al fin). ¿No son pueblo y nación dos nombres para algo que es quizá (quizá) lo mismo? (de hecho, no); ¿No son lo mismo, de hecho, en ciertos idiomas? (al menos una parte de la tragedia alemana puede explicarse por esto); ¿No es común la obsesión de superar estadios, de llegar a un horizonte? (me parece que sí); ¿No nos toca acaso, de igual modo, aquel with usura/ there’s no house of good stone? (descontando a los usureros, ¿a quién no?). Dios mío, compartimos tantas cosas. ¿Por qué no intentar, otra vez, la unión de los extremos (cfr. Niekisch, “nacional bolchevique”, circa 1930)? Como la Wehrmacht y el ejército rojo cercando Polonia hace exactamente setenta años, el enemigo común podría ser rodeado y aniquilado de una buena vez. Y es en ese ensayo que 2010 juega sus mejores cartas: creando una medusa de cabezas negras y rojas que petrifica desde sus páginas a los tibios del medio: liberales, conservadores moderados, socialistas. Puaj. De paso, con algo de suerte, damos espectacularmente un vuelco al encajonamiento y estamos de vuelta en la discusión literaria, derechistas otra vez, pero en serio.


Algo huele mal en todo esto. Pero antes: resulta impresionante el desfile de cabezas dotadas y talentosas, todas más o menos comprometidas con la lucha final, que circulan por las páginas de 2010: desde Patricia Espinosa a Cecilia Vicuña, pasando por José Ángel Cuevas, Elvira Hernández, Carlos Henrickson y Héctor Hernández, entre otros. ¿Cómo ocurrió? Conjeturo una mezcla de facultades encantatorias, confianza irreflexiva, buena onda ambiente, falta de seriedad o de cuidado en donde se pone la firma; todo eso permitió que los contribuyentes de los materiales de 2010 -algunos excelentes, de hecho- aportaran alegremente su almácigo a este huerto, sin fijarse en qué bandera flameaba sobre sus cabezas (anotar: el color rojo no es garantía suficiente).


Como sea, he aquí que dichos aportes resultan incómoda, chirriantemente alineados bajo la bandera del nacionalismo. La editorial de 2010 y los artículos de sus editores, la lamentable entrevista a Armando Uribe, vamos, el bien escrito texto de Robertson, etc., no dejan lugar a duda en tal sentido. Resulta tan difícil creer en la buena fe de C.A. y N.F., en la especie de que probablemente crean sólo querer el renacimiento de un campo inclusivo, acogedor, en el que estar por la bandera ya no haga sentirse avergonzado, racista o parcial.


Porque el problema es que es imposible, por lo pronto. No será el voluntarismo, incluso la mano extendida, lo que le dará a la derecha nacionalista el perdón de sus pecados y disipará la sospecha de impostura de la sumisión al nombre de la patria. El que Arregui y Figueroa ya no ofrezcan el puño de hierro ni la quema de libros, sino la inclusión de los heterodoxos en el acervo nacional, conlleva el triple riesgo de la desactivación oficializante de sus propuestas, la instrumentalización flagrante de sus obras y, lo peor de todo, la deformación mañosa de sus implicancias posiblemente disolventes. Aun con las mejores intenciones, la seguridad nacional no puede darse el lujo de permitir demasiados surtidores de desasosiego, discusión y querella; los sabe imposibles de cegar, así que intentará canalizarlos, lo que siempre ocurre hacia abajo o hacia afuera, administrándole a los ubicados en dichas latitudes las correspondientes dosis de dolor y represión. La paciencia de la convocatoria es inherentemente extraña al pensamiento nacionalista, quien sólo puede permitírsela a plazo corto. Después, los que no hayan acogido el amable llamado serán reconvenidos con la aspereza que el caso exija.


En resumen: el problema con 2010 y con sus editores no es que sean conservadores. El problema es que son conservadores que rescatan el repudio a los conservadores que pretenden la mera defensa del status quo, en lo cual uno podría estar de acuerdo: pero en cambio abrazan la modernidad, con su técnica, lenguaje y procedimientos, ahora para volverlos contra la modernidad, contra su repugnante nihilismo y su no orden ni concierto: es decir -y usaré un viejo y glorioso epíteto de los años 30- son conservadores revolucionarios: es decir, son, a este respecto, fascistas o parafascistas.


Es decir, exactamente lo que Arregui intentó evitar a toda costa se enunciara su respecto. No se trata de rasgar vestiduras; ya hemos tenido suficiente lloriqueo seudo-libertario porque no se nos deja patear en regla a los burgueses. Pero no puede predicarse la inocencia del intento de 2010 en cuanto a “volver a decir Chile”, porque la misma frase es falaz y no soporta el cotejo con los hechos. Desde la dictadura y hasta la democracia: como continuación del discurso público de la dictadura y sin ningún intento de corrección por parte de nuestra endeble democracia, se viene diciendo, rugiendo, cacareando el nombre Chile para todo uso, dándole como a un bombo viejo o al ritmo de un ídem. Pero claro, éste no es el punto de 2010, pues lo que pretende no es volver a decir Chile, sino volver a decir Chile con plena legitimidad política en el ámbito de lo estético, en especial de la literatura. Lo que les duele es el campo inorgánico en que se enuncian las obras y propuestas que sin duda admiran y valoran, la falta de un(a) orden que les permita volver a poner manos a la obra, de cara al Bicentenario.


No puedo estar de acuerdo con Arregui y Figueroa en ese punto. Si me apuran, creo que no puede estarse de acuerdo desde cualquier posición que aspire a ser libertaria, en cualquiera de sus variantes. La conceptualización cohesionadora de la cultura chilena no sólo difícilmente pasa por ser una cultura “de Chile”, so pena de volverse un código de conducta deseable; sino que tampoco puede defenderse, aparte el comprensible sentimiento de frío y soledad, el que dicha conceptualización sea posible o que sea siquiera necesaria; es la solución demasiado conveniente para un falso problema. La necesidad de un gran abrazo de grupo es subjetiva, contingente y no inherente, esencial o vinculante. Pero de aceptárselo tiene que petrificarse como el amor de mamá, incluso cuando uno ya no quiera que lo quieran tanto -sino que lo dejen básicamente en paz.


Y para cerrar: lo alucinante es que una serie de intelectos fallaron en detectar todo esto, le prestaron legitimidad, rubricaron su intento de frente común contra el podrido orden burgués. Eso explica también que los participantes de 2010, algunos con impecables credenciales revolucionarias, no se hayan dado el penoso trabajo de cuestionarla en público, asumiendo el traspié, si fuese necesario algún grado de embarazo o incomodidad, por lo demás muy leve (¿quién se acuerda de nada en Chile después de seis meses?); que no hayan, siquiera tímidamente, llamado la atención respecto a sus implicancias gravemente equívocas, si no derechamente reaccionarias. ¿No es meridianamente obvio el porqué? No, de hecho; al menos en algunos de esos casos puede tener que ver más con la convicción de quien suscribe sinceramente la urgencia de darle de patadas en el trasero al sistema, venga de quien venga el puntapié -todos sabemos cómo duele un bototazo con punta de acero-; y no con la necesidad de echarle tierra a un error de juicio en la adhesión temporal, torpemente ejecutada pero por fortuna borrada con el codo. ¿Será ingenuo decir que uno esperaba más? Es que estamos hablando de mujeres y hombres renombrados en la literatura chilena, respetados y respetables; no lo digo en un sentido irónico. Tal vez es la misma confusión que 2010 pretende conjurar la que permitió tales insospechadas adhesiones. Pero si el remedio pasa por ponerse el yugo que nos salve de nosotros mismos y nuestras arrancadas de máquina, sólo para sentir el calor del hogar; pues en ese caso, el remedio es peor que la enfermedad.


Si es que de veras estamos enfermos.


Santiago, septiembre de 2009

sábado 4 de julio de 2009



Los antiguos vuelven del franco:
para un prólogo de Raso, de Carlos Cardani


¡Mísero joven, al fatal momento
que huyere del combate!
Tirteo, Canto II


La relación entre poesía y guerra es tan antigua como la condición humana que es presupuesto de una y otra. La tensión entre ambas desemboca en la actual y aparente antipatía mutua sólo en tiempos modernos, de manera coincidente con la Gran Trizadura del Mundo. En medio de los pedazos, resulta sencillo creer que los vasos comunicantes se han cortado para siempre entre lo que se ha malinterpretado como una dimensión sublime del hombre y lo que se ha malinterpretado como el rasgo más bestial que tenemos. Carlos Cardani y Raso vienen a recordarnos que todo es siempre más complejo. Pero esa es sólo una lectura posible.

Y concedo que una de las más conservadoras, al menos en potencia. En tiempos de la corrección a rajatabla y su correspondiente policía, resulta aparente que lanzar puentes entre poesía y guerra es andar en zona peligrosa. En un campo minado, si se quiere. También es venir de vuelta del acto fútil de tapar el sol con un dedo, de intentar la asepsia perfecta que permita decir que la agresión y su tinglado sostenedor son cosa del pasado. Mientras se dice, los tanques y las granadas esperan tranquilos en sus bodegas. Toda paz es una paz armada. Fingimos no saberlo.

Por eso, Raso funciona como un ejercicio desestabilizador de nuestra comodidad, siquiera por el mero acto de llamar la atención de nuestra mirada a los campos de tiro y las barracas en que creemos tener encapsulada la violencia bélica, cosa del pasado. Nos obliga a recordar que no es cosa del pasado, sino que está lista para volverse tu presente y el mío en cualquier momento. Pero si sólo fuera por el valor testimonial, Raso no valdría lo que un buen documental de guerra. Aquí hay más en juego.

Raso: el soldado de la menor categoría posible. Raso es también plano, liso, de ahí arrasar. No dejar piedra sobre piedra, sólo pequeños cerros de cadáveres aquí y allá, soldados rasos en su inmensa mayoría, indistinguibles y en paz después de muertos.

Raso también es el menos militar de los soldados, el que no hace carrera, el que sólo está porque lo hicieron estar y se larga apenas puede o lo matan, lo que suceda primero. Si se queda empieza a ascender y ya no es más raso. Civil de toda la vida, excepto en el puñado de semanas de servicio militar que gatillaron este poemario y que no lo condicionan, Carlos Cardani reúne en estos poemas secos y ásperos la reconstrucción poética de un problema que es político, pero que plantea con el extrañamiento suficiente para se aquilaten desde el punto de vista de la eficacia del verso y no de la (mera) transmisión de un mensaje. Aquí no hay un mensaje, sino un canal de comunicaciones con el lector que no necesariamente transmite lo que éste quiere leer. Si hay mensajes, se transmiten cortados, equívocos. Sí, igual que en una radio de campaña.

Y ése es uno de los talentos de Carlos, por lo demás inquietante: la feliz ejecución mediante mímesis de los efectos especiales de lo bélico. No a través de la exhibición de cazabombarderos o misiles balísticos; sorprende la pobreza del “arsenal” que exhibe Cardani: simples fusiles, versos concisos, campos de tiro, imágenes precisas, barracas, pocas metáforas, materiales pobres como polvo de desierto, camuflados con su entorno en afán de no notarse. Es la falta de estridencia de Raso lo que permite concentrarnos en la tranquilidad erizada que habita. Después de todo es la paz: los ejercicios de tiro son eso, ejercicios, los conscriptos van a misa y reciben la paz de sus oficiales, los reclutas suben al cerro del Cristo de la Paz. No se espera muertos, si ocurre es una lamentable desgracia.

Supongo que Raso sera leído como un relato, lo que resulta lógico por la conjunción entre la general ausencia de torsiones lingüísticas, cierto morbo en el lector ilustrado que sólo conoce lo castrense a través de la ficción, sin que sepa ya hacer otra cosa, así la oportunidad inmejorable de extraer trozos crudos de testimonialidad. Además, resultaría falaz pretender que Cardani no se mantiene astuta y precariamente en la encrucijada entre la ilustración de lo temático, cierta política contingente y el cuidado en la ejecución del verso. El resultado son señales contradictorias, un entramado denso de sentidos posibles, cohabitantes en tensión y que obstaculizan llevar agua al propio molino por motivos obtusos o sectarios.

A mí me parece que esos son rasgos de la mejor poesía. Si tuviera que jugar a las relaciones entre obras, ejercicio fútil pero inofensivo, parece razonable hacerlo con nombres como Owen, Brecht, Sassoon. Al nivel de las cordiales charlas de exterminio entre poetas, usualmente cargadas de barruntos de crítica no siempre incoherente, se ha planteado con cierta insistencia la relación de Cardani-Raso con el inefable Bruno Vidal, a veces al punto de casi entender que dicha relación se acerca al sistema binario. Esto no puede ser agotado aquí, pero creo preliminarmente que se trata de una cercanía engañosa, dada en lo esencial por la proximidad temática en un sentido muy grueso y por afinidades de estilo escritural. Si no entiendo mal, la poesía de Cardani está un paso más acá de la obsesión política que cruza la de Vidal, así como de la exploración sistémica (e histriónica) que éste hace de la violencia como trauma y devastación de sentido, al punto de la aniquilación ética y la disolución de la frontera entre víctima y victimario, delineados por la experiencia histórica reciente de esa violencia. Creo que estas variables funcionan como un cuadro de contexto para Cardani, quien las tiene en cuenta; pero por lo mismo, en el mejor de los casos suponen un punto de referencia y no un condicionante en sentido duro. Creo que Raso, en específico, no pretende una reconstrucción mediante la poesía del paroxismo de la experiencia del horror, sino la recreación de una experiencia estética de la simulación de una zona de lo real, la que, en que otros mecanismos, aparenta la suspensión de juicios condenatorios, que precisamente hace suyos Vidal para, acto seguido, invertirlos.

Comencé insinuando que Cardani y su Raso replantean una vez más la relación entre poesía y guerra, por presuntuoso que ello suene. Los versos de Tirteo que encabezan este barrunto de prólogo, dirigidos en su momento a los espartanos en armas, dialogan con una obra como ésta desde su sideral distancia ética, no por la pérdida de atingencia de la participación de la poesía en un ámbito (hasta ahora) tristemente inevitable de nuestra existencia. Pero mientras Tirteo puede darse ciertos lujos que nosotros no -llamar a la guerra, pedir morir en plena juventud, avergonzarse de la propia cobardía-, nosotros junto a Carlos sólo podemos observar, desde nuestra cuasi-parálisis, nuestro salvajismo apenas dormido y nuestro temor a ser salvajes, a la bestia en kaki que está ahí, que somos tú y yo. Y que tal vez, en su espantosa humanidad y no al revés, es tan poema como todo lo demás.
En cuanto a otros sentidos tanto más interesantes de esta obra, invito al lector a descubrirlos por sí mismo.

Juan Pablo Pereira
Santiago, abril de 2009

Este texto fue leído en la presentación de Raso, el 3 de julio de 2009, en Balmaceda 1215, Santiago. La ilustración que muestra a Bolognesi saltando del Morro es de Melba San Martín Lassalle.